Una de las palabras que uno nunca acaba de aprender a decir bien, es adiós. Aunque marcharse sea -incluso- lo mejor para alguna de las dos partes involucradas, las despedidas siempre son difíciles.
Decirle adiós a un amigo que se va lejos, a un compañero de trabajo que emprende nuevos rumbos, o a ese gran amor con quien las cosas no resultaron, la mayoría de las veces duele. Pero, sin duda, la más triste de las despedidas es cuando alguien a quien queremos muere.
Más triste y desconcertante, cuando esa persona tenía tanto por hacer aún. Ese es el caso que a principios de septiembre mantuvo a todo nuestro país en luto, la partida de 21 personas especiales que no debían marcharse, porque no, no era su hora.
Amén de sonar egoísta, ¿cómo iban a estar listos para partir hombres como Felipe Cubillos, Joaquín Arnolds y los otros pasajeros de aquel fatídico vuelo, cuando estaban dando más de lo que cualquier ser humano es capaz de entregar por quienes resultaron más vulnerados y afectados, luego de uno de los peores desastres naturales que ha vivido Chile en el último tiempo?
No, perdón la insistencia, pero no estaban listos. Este país los necesitaba y necesita miles de Cubillos y miles de Arnolds que nos ayuden a transformar a esta nación en una más justa, más igualitaria, con más oportunidades, más desarrollo, más sustentabilidad y más entrega, sin esperar nada a cambio. Es demasiado grande la tarea que nos deja su partida y tanto más lo que tenemos que cuestionarnos pero, en especial, lo que debemos comenzar a hacer para preservar y perfeccionar su legado.
Tuve la oportunidad de conocer y de entrevistar a Felipe Cubillos en mayo de 2009, antes de su hermosa labor en Desafío Levantemos Chile, y tengo el orgullo de decir que ya en ese entonces sentí conocer a un hombre maravilloso, con una impresionante visión de la vida y del mundo. Altruista hasta la médula y con una capacidad de entrega como pocos he conocido. El prejuicio que, a veces, tenemos la mayoría de los colegas sobre los empresarios, tuve que tragármelo.
A Joaquín Arnolds no tuve la posibilidad de conocerlo en persona, aunque sí su trabajo, la energía y la pasión que lo movían; pero me bastó reunirme hace pocas semanas con su socio y amigo, Gonzalo Muñoz, para confirmar que también era de esos seres en extinción. Un hombre generoso con todos los que lo rodeaban y, tal y como me contó Gonzalo, alguien excesivamente “patudo” para entregar a los demás.
Y así, podría seguir llenando decenas de páginas escritas sobre nuestros otros compatriotas a quienes, tristemente, debemos decirles adiós; pues eran de la misma cepa, mujeres y hombres atípicos, apasionados por su trabajo y que se dieron cita para un viaje que mostraría los avances de una gran iniciativa.
Esta edición se la dedicamos a ellos, a los 21 chilenos y a cada una de sus familias y amigos que, al igual que nosotros, lamentan profundamente su partida.
Pero hoy, también me toca decir adiós a mí. Luego de tres años como editora periodística de City, emprendo nuevos desafíos laborales y no quiero dejar de despedirme de ustedes: la razón de nuestros cotidianos esfuerzos por hacer de ésta, la mejor revista de emprendimiento.
Desde este lado de la vereda, fue un honor poder aportar aunque fuese con unos cuantos granitos de arena a difundir la labor de quienes luchan por emprender en Chile y porque el nuestro sea un país con mayores oportunidades de desarrollo, pero sobre todo, de innovar: porque sólo así podremos hacer frente a cualquier dificultad que atraviese nuestros caminos.
Adiós.
Daniela Suau ContrerasEditora Periodística
Revista City



