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Viernes, 30 de Julio de 2010 10:29 por Daniela Suau

El Fenómeno Toyotomi

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El Fenómeno Toyotomi Paola Arriagada Fernández

Comenzó comprando tres estufas en 1995, para luego traer 800 a fines del 2002 y llegar a 20.000 en menos de cuatro años. Hoy, cuando ha pasado una década y media, su crecimiento es del orden del 40% - 50 % anual, en un mercado que mueve alrededor de US$50 millones al año.

Por Daniela Suau Contreras

 

Primeros años

Pese a que no recuerda ni una pizca de influencia emprendedora en su familia, Borowicz asegura que lo que sí tuvo claro desde siempre es que sería piloto. Por esto, siendo alumno de III° Medio del Colegio San Juan Evangelista, resuelve postular a la Fuerza Aérea de Chile (Fach), pero por un problema a la vista no pudo entrar. “Ahí decidí hacer el curso de piloto privado mientras estaba estudiando y saqué mi licencia de piloto antes que la de conducir”, cuenta Borowicz.

Mientras juntaba horas de vuelo, en cuanto salió de IV°, ingresó como sobrecargo a American Airlines. En esa misma época, comenzaba a operar en Chile una línea aérea pequeña, propiedad de la familia Ibáñez, llamada Alta, donde Bob Borowicz se inició como piloto. “Estuve un año volando, en tanto seguía como sobrecargo. Pero en 1995 fue incompatible continuar en ambas, así que me salí de American y seguí en Alta durante dos años”.

Estando en la firma chilena, participó en la adquisición de los primeros aviones de la compañía. Experiencia que sería determinante, incluso hasta la fecha, ya que en uno de esos viajes fue cuando conoció las estufas a parafina de mecha, que años más tarde se decidió a traer a Chile. Una vez fuera de Alta, empezó a volar en Fast Air, aerolínea que hoy es LAN Cargo y de la que ahora es subgerente de flota.

Del deporte a los negocios

Su veta deportiva empieza a desarrollarla en Miami mientras trabajaba en American Airlines como sobrecargo, destino al que viajaba muchas veces y donde “aprovechaba de navegar y hacer un poco de windsurf. Esto, sumado a un par de travesías a Aruba, fueron los que gatillaron la partida de mi primer negocio, la tienda Windsurfing Chile”.

En 1994, con 21 años y estando de vacaciones en la isla caribeña, decidió traer artículos de segunda mano para vender acá. Hoy, Windsurfing Chile -de propiedad de la BBK S.A. (Bob Borowicz Kralemann)-, continúa con vida y dispone de un local en la calle Las Tranqueras, con la que este emprendedor se ha comprometido a promover el desarrollo del Windsurf y del Kitesurf, por ejemplo, haciendo clases gratuitas.

La inversión de este primer emprendimiento fue paulatina: “Fui invirtiendo muy de a poco. Los primeros pedidos los hacía con la línea de crédito de mi cuenta corriente o con la tarjeta de crédito, sacando US$10.000, pidiendo otros US$10.000 a mi mamá, a amigos, etc.”.

Emprender…no es fácil

Si bien comenzó de manera temprana y se reconoce tener un espíritu emprendedor innato desde pequeño, asegura que su veta no tiene raíces en su familia: “Mi mamá es cero emprendedora. Y mi papá, hasta el final, siendo un fotógrafo top y muy reconocido, hacía clases y cobraba $30.000 o iba a sacar fotos familiares y cobraba sólo $20.000. Era lo menos negociante y lo más austero que hay. Lo que menos le interesaba en la vida era el negocio”, rememora riendo.

Sobre sus inicios como empresario, Bob Borowicz recuerda con mucho sentido del humor que “lo normal es partir desordenado, bien informal y sin banco. Yo empecé vendiendo en el garaje de mi mamá y mezclando cuentas para pedir créditos, puesto que me prestaban más a mí, como privado con un buen trabajo, que a mi empresa. Pero después fuimos creciendo y nos dimos cuenta de que teníamos que hacerlo legalmente”.

Así, su mejor consejo para alguien que quiera partir un negocio, es preocuparse de la contabilidad. “La otra vez di una especie de charla en la Universidad Adolfo Ibáñez y les dije que en lo único que no podían ahorrar era en un contador. Los contadores buenos son una inversión, de todas maneras. No hay nada más tranquilizador y agradable que tener todas las cosas ordenadas”.

 Nace Toyotomi

Al igual que la importación de accesorios de deportes acuáticos, su segundo emprendimiento también partió por casualidad. Durante 1995, trabajando en Alta, solía traerse varios aviones vacíos y en uno de sus viajes, un compañero de trabajo le pidió que por favor le trajera dos estufas a parafina. “Me insistió tanto que acepté. El modelo de aquel entonces, era el de mecha, que hoy, de cariño, nosotros llamamos Arturito”.

Sin embargo, muy por el contrario a lo que la mayoría piensa, ésta no vino de un viaje a Japón, sino a EE.UU. y la primera marca fue Corona –hoy su competencia- y no Toyotomi. Pero no sería hasta 1997, cuando decidió averiguar sobre el distribuidor estadounidense para ver si podía adquirirlas directamente.

Una vez que se reunió con los representantes de Corona, en 1998 viajó a conocer las instalaciones en Japón y comenzó con las primeras importaciones. Las primeras 30 le costaron al re dedor de US$5.000 de la época. De 30 pasó a traer 70, después 150.

En esto, Borowicz señala que “fue súper importante el boca a boca, ya que le traía estufas a pura gente conocida, “al amigo del amigo” y así se armó una red en la que compraban y se pasaban el dato. Asimismo, estaba en lugares como la Galería Animal de Alonso de Córdova, en tiendas de decoración del mismo sector, etc. Era “súper cool” tener estas estufas y además una buena solución, porque calentaba harto y el combustible era barato”, afirma el emprendedor.

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