Cityen.cl - Emprendimiento y Negocios

Martes, 16 de Agosto de 2011 15:02

¿De qué te sirve ser miembro de la OCDE?

Periódicamente, uno de los grandes quehaceres editoriales son las reuniones de pauta, donde analizamos los temas a tratar en las ediciones que vienen. Para nuestra suerte, no pertenecemos a ‘farandulandia’ y no estamos obligados a debatir qué publicar: ¿lo que entretiene a los lectores o lo que éstos deben saber? Sin embargo, siempre hay un cuestionamiento sobre qué es lo que a ustedes les gustaría ver en portada, qué temáticas les despiertan dudas y qué los hará detenerse frente a un quiosco y escoger nuestra revista.

En un reciente encuentro de este tipo, nos pusimos a conversar sobre Chile en la OCDE. Desde hace año y medio, no hay diario ni pasquín que se salve de hablar sobre cuán mal o bien estamos con respecto a los demás miembros de dicha organización y, absolutamente todos, están sacando de manera constante gráficos comparativos. Pero, siendo bien honestos, ¿de qué le sirve esto a los ‘homo chilensis vulgaris’ como tú?

De acuerdo, fuimos los primeros de Sudamérica y a nadie le cabe duda de que una de las cosas que se ganó con esta afiliación fue prestigio, dado que la OCDE agrupa a las naciones que mejor funcionan y no sólo en el ámbito económico, sino en el de la eficiencia pública, el laboral y el de los derechos humanos, entre otros.

Pero en sí, lo más valioso, y lo que nosotros consideramos que debemos transmitirles a ustedes, es cuánto ganamos como país en la transferencia de conocimientos y experiencias. En especial, de aquellas naciones que cuentan con mejores ecosistemas de emprendimiento. Pues el fin que persigue este organismo es promover políticas que optimicen el bienestar económico y social de las personas, fomentando el trabajo conjunto y la búsqueda de prácticas más idóneas para solucionar los problemas comunes.

Haciendo el mismo ejercicio que nuestros pares, pero en lo que nos convoca a ustedes y a nosotros: el emprendimiento; hay aspectos en los que Chile está muy por debajo de los niveles adecuados frente a los restantes asociados. Según el libro Condiciones del Contexto para el Emprendimiento en Chile: Un Análisis de 5 años (UDD, mayo 2011), uno de los casos más sorprendentes es el de la protección sobre los derechos de propiedad intelectual.

Nuestras principales deficiencias se centran en una extendida venta ilegal de copias piratas, en la falta de certeza por parte de los inventores de que sus patentes serán respetadas y una legislación que no es rigurosamente aplicada, entre otras. En este terreno nuestra evaluación de 2,52 (de una de escala 4,5) no tiene precedentes dentro de los otros países analizados.

Y tú, ¿consideras importante la propiedad intelectual?, ¿has tenido una idea o creado algo que hayas patentado?, ¿dimensionas la relevancia que puede llegar a tener patentar tu invento? Si respondiste al menos un “no” o un “no sé”, a cualquiera de las preguntas anteriores, te dejo invitado desde ya a conocer más sobre este tema en la próxima edición de City. Estamos preparando un número especial y nuestras reuniones de pauta han sido atómicas.

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Desde que era pequeña, en mi retina, Albert Einstein no era más que el físico loco y padre de la Teoría de la Relatividad. Jamás pensé que alguien como él pudiera filosofar desde su laboratorio, que fuera creyente (a su manera, pero creyente al fin y al cabo) y, mucho menos, que gracias a su experiencia con la ciencia pudiese tener una mirada tan brillante sobre el mundo de las ideas.

Lo que más me gusta de la frase con la que titulo esta editorial, es que da en el clavo con un tema que –me atrevo a decir- debe ser transversalmente compartido por la mayoría. Si queremos cambiar determinadas realidades de nuestra vida, pero venimos actuando exactamente igual, ¿cómo pretendemos conseguirlo?

Si tu estrategia no está generando los resultados que esperas en tu negocio, tu producto o servicio no está obteniendo dividendos en términos de demanda, o continúas teniendo una pésima relación con tu socio, ¿por qué seguir adelante, casi de manera majadera, por la misma senda?

¿No será que debes cambiar tu conducta? Una historia de emprendimiento que ejemplifica esto, es la de María Teresa Comparini, cuando comenzó con Nutra Food. Sus primeros pasos fueron elaborar galletas sin azúcar para adultos mayores, sin embargo, este proyecto no era viable en términos de rentabilidad, dado que estaba apuntando a un nicho demasiado específico.

Esta emprendedora podría haber insistido inagotablemente en su idea preconcebida de que su mercado era la tercera edad, hasta que las cifras continuaran demostrándole lo contrario, pudiendo incluso llegar a provocar la quiebra de su empresa.

Pero por el contrario, ante la negativa del mercado, María Teresa Comparini tuvo la astucia de dar un giro y apuntar a productos de interés masivo, reorientándose a los alimentos saludables. El éxito vino como consecuencia obvia y hoy se encuentra con nuevos emprendimientos.

Es altamente positivo creernos el cuento y tener la certeza de que nuestro expertise en los negocios o en determinada área, nos avalan y pueden permitirnos superar cualquier dificultad; pero esa claridad mal conducida puede llevarnos también a la ceguera. Aunque no lo creas, y aquí otra frase de Einstein, “todos somos ignorantes; lo que ocurre es que no todos ignoramos las mismas cosas”.

En el mundo de los negocios, no hay nada peor que ser obtuso de mente. Si tu servicio no se traduce en clientes, o tu producto no logra ser un hit de ventas ¡Deja de hacer lo mismo! Cuestiónalo, replantéalo y piensa qué puede estar fallando. Pero, más aún, ábrete a la posibilidad de reinventarlo.

Eso hice durante este mes. Logré romper una barrera, luego de casi tres años dándome contra el muro y negándome a cambiar mi actitud. La satisfacción de haberme abierto a hacer las cosas de otra manera y estar viendo los resultados que siempre esperé, es realmente grata.

 

Daniela Suau Contreras

Editora Periodística

Revista City

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Martes, 26 de Julio de 2011 13:08

Editorial: Yo (no) quiero fallar

Todos vamos a tener más de alguna caída, sin embargo, ¿quién tiene ganas de ser el próximo en hacerlo? Sólo un kamikaze, por no decir nadie. Pues, en el fondo, aunque entendamos que es ley de vida, a ninguno le agrada la idea. 

Cuando se es niño, digamos que el darse cientos de porrazos –incluso, a diario- da absolutamente lo mismo… ¿Quién no fue temerario pedaleando en bicicleta o saltando en patineta? A los 10 años, éramos inmortales. A nosotros nada malo nos iba a pasar y aunque nos ocurriera, era parte de lo entretenido de estar comenzando a vivir. 

Pero cuánto cambia el escenario una vez que somos adultos. Los golpes ya no son físicos solamente, sino que afectan nuestra moral y, peor todavía, nuestros bolsillos, como es el caso de quienes optan por emprender. 

Tras un fallo empresarial; se inicia una seguidilla de incómodas etapas que van desde sentirse incapaz de aceptar lo ocurrido, negarlo, deprimirse, hasta finalmente volver a ponerse de pie. 

Proceso que se hace más dificultoso, cuando la sociedad que hemos construido (sí, todos somos responsables), en vez de contener, estigmatiza. Como si esta caída se tratase del apocalipsis y, su autor, alguien en quien no se puede confiar. Ni hablar de prestarle dinero para cerrar la empresa y mucho menos ayudarlo a reemprender. 

Hace poco asistí al taller “Aprendiendo a reemprender y a prevenir crisis empresariales”, que organiza el programa NuevaMente en las dependencias de la Sofofa. Aunque al principio me sentía una ansiosa reportera infiltrada que no iba más que a captar el ambiente que ahí se vivía y a rescatar alguna historia sabrosa; de pronto me sorprendí totalmente identificada con el perfil descrito y que aun, en mi condición de ‘no emprendedora’, yo podía ser una más de ese grupo. 

Recién ahí dejé de tomar notas y comencé a entender la lógica de quien desea una segunda oportunidad. La clave de quienes reemprenden es que aun habiendo fallado, pueden capitalizar sus experiencias y aprendizajes en potenciales oportunidades y nuevos emprendimientos. Ese es el propósito y la idea de fallar: aprender de los errores. 

Programas como NuevaMente cumplen un rol fundamental en ese sentido, pero reconozcamos, faltan más iniciativas de este tipo. Espacios donde los emprendedores puedan expresarse, comprender la naturaleza y hasta la necesidad del fallo, generar redes de contacto y, por qué no, instancias de contención. 

¿Cómo fallar y no morir en el intento? La única máxima que se me viene a la mente es que la mejor decisión, siempre, será hacer algo que pienses que no puedes hacer. Fallar intentándolo e intentarlo otra vez hasta hacerlo mejor.

 

Daniela Suau Contreras

Editora Periodística

Revista City

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He editado tantas editoriales, que ya he perdido la cuenta. Pero si dijera 100 no sería exagerado. Desde esta premisa, podríamos pensar que escribir mi propia editorial sería casi pan comido; sin embargo, no, no es una tarea fácil de llevar a cabo. 

En este ejercicio de borrar y reescribir párrafos, inagotablemente no dejo de preguntarme qué es lo que busca un lector en una editorial. ¿Qué esperan ustedes leer aquí?, o, mejor aún, ¿de qué manera les puedo aportar algo significativo desde este lado de la tribuna? Cuando ni siquiera soy una emprendedora. Claro, si lo fuera, no estaría llenando esta página; sino “emprendiendo”.

Perdón, pero no se me viene ninguna imagen clara a la mente sobre lo qué es emprender. Si un escritor escribe, un músico toca su instrumento y un obrero construye, ¿qué hace un emprendedor? En estricto rigor, como nos gusta a muchos colegas periodistas, emprender no es más que comenzar algo. 

Desde esta segunda premisa, cualquiera que empiece algo nuevo podría llamarse emprendedor. Pero no, según los diccionarios consultados, un emprendedor es aquella persona que “enfrenta con resolución, acciones difíciles”. Así, ya no nos encontramos sólo ante un contexto de iniciar algo nuevo, sino más bien de un acto complejo.

Pues entonces creo haberle dado en el clavo, porque si hay algo dificultoso, es ser un emprendedor. Tal y como señala José Ramón Villaverde, columnista español a quien pueden encontrar en esta edición, la mayoría de las veces resulta fácil y atractivo leer sobre la experiencia de emprender o de la urgencia de innovar; sin embargo, nadie te advierte sobre las “peladeras de burro” que vivirás antes de tu primer millón de dólares –si es que lo consigues-, ni lo duro que será fracasar… ¡Porque ojo, puedes fracasar y no, no es el fin del mundo! El problema es que en una sociedad –a ratos- castrante, como la nuestra, con una poderosa aversión al riesgo, cuesta dejarse caer y, más aún, hacerlo sin culpa.

Mucho menos te advierten de lo complejo que es hacerse cargo de todos los costos fijos de tu empresa o de la bofetada que significa creer en tu idea, en tu negocio y en los resultados obtenidos, para que luego un banco te cierre la puerta en la nariz con un gran no; o que alguien fundamental en tu equipo de trabajo decida irse. Es cierto, lo más probable es que durante el primer año de vida de tu compañía, andes más en el “menos” que en el “más”. Por eso, lo que más necesitas, al margen de una buena idea, es coraje.

De historias como éstas, es mucho lo que he absorbido luego de editar 30 ediciones de City. Quizás desde ahí, puedo aportar; desde la observación y lo que mis propios ojos han visto tras años investigando casos de emprendimiento, entrevistando a emprendedores y recibiendo correos de tantos lectores, que encuentran en estas páginas ese espacio cercano que los entiende, interpreta y acompaña.

Un espacio donde nos preocupamos de ir más allá de la noticia del tabloide que habla sobre el éxito de alguien que desarrolló una nueva tecnología, aplicó un nuevo modelo de negocios o apostó por innovar donde nadie lo había hecho; lo que a City le importa es cómo se logró. Cómo fue esa experiencia antes de llegar a la cresta de la ola, cuántas horas dejaron de dormir o cuántas discusiones le pudo significar con su familia. Pues como dice el dicho, “para comer puré, antes hay que saber lavar y pelar las papas”, ¿no?

Hace poco, un entrevistado me decía que el peor enemigo de un emprendedor era su madre. Inevitable reírse ante una afirmación de esta índole, pero si la desmenuzamos, podemos caer en su justa significación. Es nuestro entorno más íntimo, aquel al que más solemos criticar, pero finalmente en el que más confiamos a la hora de tomar una gran decisión: nuestra familia es la que realmente se preocupa de nosotros, de nuestras decisiones y que anhela que optemos por la senda segura y no la más arriesgada. No, no es fácil comprender el adagio de que “para ser un buen emprendedor debes ocuparte de arriesgar más de lo que otros consideran seguro, soñar más de lo que otros estiman práctico y esperar mucho más de lo que otros creen posible”.

Aún así, continuamos y continuaremos al pie del cañón; como decía John Heider, un escritor sobre liderazgo, porque la vida es una oportunidad y no una obligación. 

Daniela Suau Contreras 

Editora Periodística

Revista City

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